IKEA
agosto 31, 2009 at 8:04 am Alberto Deja un comentario
Pronúnciese “aiquia”
Recientemente he vuelto a pisar un Ikea, esos grandes almacenes de muebles baratos y de diseños que van desde lo original, lo clásico y hasta lo muermo. Y si, he vuelto a comprar en Ikea, lo he vuelto a hacer, y si, ahora me siento más original que antes, con mis muebles ultrachulos pero que probablemente en el mundo los tengan otras 99999 personas, pero eso, es sentirse exclusivo.
Ir a Ikea tiene su gracia, es como una actividad de ocio alternativa: pasear por la exposición mirando y tocando y alucinando sobre como montan una casa impresionante en menos de 30 metros cuadrados, y luego ir a buscar tus muebles y llevártelos a casa, y montarlos.
También he de hablar de las bolsas amarillas, uno de los iconos pop que Ikea ha creado. Sí, esas que son sumamente incómodas, pero que a todos nos gustan, las que te cuelgas en el hombro cuando has metido una caja cuadrada que se te hinca en el costado cada vez que te quedas parado para ver la nuevísima novedad en armarios, y las que devuelves en la caja mientras que te intentan vender una bolsa completamente igual, pero en azul. ¿Cuándo aprenderán que las bolsas no molan por ser bolsas en sí, sino que son tan guays por que son amarillas?
Pero sin duda alguna, de todo el proceso de comprar muebles en Ikea, lo más divertido es cogerlos de las estanterías. Ya en la exposición vas con tu papel y tu mini-lápiz que has cogido nada más entrar (junto con la bolsa amarilla), y has ido rellenando la hoja con las referencias (que por supuesto no entiendes). Después de haber cogido tu super carro, al que no puedes controlar, parece que está vivo, te detienes a mirar la hoja, llena de numerajos que no entiendes, pero ahí está la gracia, es como un mapa del tesoro que tienes que descifrar. Y finalmente lo consigues, y metes tus cajas en tu carro, y caminas feliz hacia las cajas.
Me encanta armar muebles de Ikea, es de hecho bastante divertido. No necesitas ni siquiera un martillo. Las piezas vienen con sus cortes a lo pieza-puzle que encajan y que por supuesto nunca más en la vida se moverán (todo mentira: al día siguiente ya notas como hay un leve vaivén). Es tan rápido, tan sencillo que hasta te sientes inteligente cuando acabas, porque claro, piensas que no ha podido ser tan fácil.
Pero claro, en realidad no ha sido tan fácil, has tenido que ir a Ikea, pasarlo mal con la dichosa bolsa amarilla, pasarlo mal intentando encontrar tus muebles, y pasarlo mal intentando entender las instrucciones de los muebles… Aún así, todo eso se olvida en cuanto ves tú mueble montado, y de momento te vuelven a entrar ganas de volver a Ikea, porque ese último mueble por el que pasaste rápido y no tuviste tiempo de ver bien, hubiera quedado perfectamente al lado de tu nuevo armario.
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